miércoles, 6 de noviembre de 2013

San Pedro, Provincia de Buenos Aires

La batalla de Vuelta de Obligado

En un recodo del Paraná, al norte de San Pedro, tuvo lugar en 1845 la batalla de Obligado. Allí las fuerzas nacionales resistieron por casi doce horas a las escuadras más poderosas del mundo. Cuando ya no les quedaban balas ni pólvora los argentinos pelearon con armas blancas, pero fueron derrotados, dejando 250 muertos y unos 400 heridos. Para los invasores era el comienzo de la pesadilla que significó su incursión por el Paraná. San Martín, al enterarse desde Europa, escribió su conocida metáfora gastronómica según la cual “los  argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”.


A las cinco de la tarde, Juan Bautista Thorne dispara la última andanada con su cañoncito, a orillas del Paraná. Casi al mismo tiempo explota cerca de él una granada enemiga, que lo voltea. Enseguida se incorpora. “No ha sido nada”, dice; adivinando la pregunta, porque en realidad no escuchará ya nada y para siempre será recordado como el “sordo de Obligado”. La artillería ya no contesta el fuego enemigo; por tres horas más los criollos cargarán con lanzas y bayonetas, contra la metralla y cohetes de los invasores.
A las ocho de la noche, tras casi doce horas de batalla, los ingleses y franceses ocupan la posición de las baterías argentinas.
Obligado ha caído.

Las vueltas de la historia

En 1828, bajo la influencia de Inglaterra nacía la República del Uruguay. Se suponía que iba a ser un estado amigable con los ingleses, evitando de paso que una federación de las provincias del sur ocupara ambas márgenes del Plata, pero algunos uruguayos no adhirieron a la idea y resurgió aquel espíritu artiguista de un territorio oriental que integrara una confederación suramericana.
Vuelta de Obligado, pintura de Rodolfo Campodónico
Así fue que para 1845, el depuesto presidente uruguayo Oribe, aliado de Rosas y la Confederación, reivindicaba esa tradición: con ayuda de tropas argentinas puso sitio a Montevideo, reclamando poder culminar su mandato, del que había sido despojado por la fuerza en 1838. La capital uruguaya, con mayoría de población extranjera (vasco-franceses y argentinos eran predominantes), resistía con la ayuda de la escuadra, infantería y financiación de Francia, que quería establecer una ciudad-factoría en Montevideo.  Era un empate técnico: ni Oribe podía tomar la ciudad ni los montevideanos imponerse en el resto del país.
A fin de desempatar –la definición por penales todavía no se había inventado- Francia e Inglaterra decidieron establecer un bloqueo a la Confederación Argentina para que cesara en su ayuda a Oribe. Claro que, más que un espíritu deportivo, a los europeos los animaban otras intenciones.
Éstas se conocen por documentos que se obtuvieron en Brasil, dado que el entonces Imperio esclavista tuvo intenciones de participar en el bloqueo y por eso en Río de Janeiro quedaron registrados los objetivos de la intervención. Los había públicos y secretos; los primeros eran:
·        Defender la independencia de la banda Oriental
·        Defender la independencia de Paraguay, y
·        Acabar con las guerras del Plata.

Sin embargo, también había objetivos secretos, que eran:
·        Convertir a Montevideo en una factoría comercial,
·        Obligar a la libre navegación del Plata y sus afluentes (favoreciendo un monopolio de hecho de los vapores británicos),
·        Fijar los límites del estado Oriental, del Paraguay y de un nuevo estado a crearse en la Mesopotamia, y
·        Deponer a Rosas si éste no se allanaba a estos objetivos.

Y además de los objetivos, había otras motivaciones que tenían que ver con la geopolítica. Por ejemplo, la conquista de Texas por parte de los norteamericanos a expensas de México, hizo que Inglaterra perdiera esa zona como productora de algodón para sus manufacturas. Esto podía compensarlo con plantaciones en Corrientes y en el Paraguay, de paso lavando en el sur la afrenta que significaba para Francia e Inglaterra su renuncia a enfrentar a los Estados Unidos. En el caso de Francia, una motivación importante era más bien psicológica, y tenía que ver con su chauvinismo[i].  Este se manifestaba en forma de arengas en el parlamento por parte de burgueses que clamaban por victorias militares y conquistas colonialistas que no necesariamente beneficiaban al país. Tal vez influía en esta actitud el saber que no eran ellos los que iban a ir a una eventual guerra. Animémonos y vayan, diría Jauretche.

La Batalla

La flota que se adentraba en el Paraná constaba de noventa buques mercantes, protegidos por once navíos de guerra franceses e ingleses, incluyendo tres vapores y la fragata San Martín, tomada a las fuerzas argentinas en el Río de la Plata.
El 8 de noviembre de 1845 la escuadra entró en el Paraná Guazú y se detuvo cerca de Ibicuy, al saber que estaban artillados los recodos de la Ramada, en el Paraná Pavón, y de Obligado, en el Guazú. Siete días se quedaron allí estudiando la situación, hasta que decidieron enviar la flota de guerra para despejar el paso de la vuelta de Obligado. Llegaron en la tarde del 18. Dado que el 19 llovió y la escuadra no podía distinguir la ubicación de las baterías, el ataque comenzó el 20 de noviembre, a las ocho y media de la mañana.

En Obligado, al norte de San Pedro, el río tiene unos 700 metros de ancho y un recodo pronunciado. Allí, el General Mansilla había hecho tender tres cadenas apoyadas en lanchones para dificultar el paso de los buques. Se habían dispuesto tres baterías, con un total de treinta cañones; tres río abajo de las cadenas, y una río arriba. Los cañones eran pequeños, de calibres que iban de 8 a 20, mientras que los de los invasores eran de 80. Había 160 artilleros y un ejército de 2.000 hombres, entre fuerzas de línea y milicias. Para cuidar las cadenas también estaba el bergantín Republicano.
La San Martín se adelantó para cortar las cadenas, pero fue alcanzada por varias balas de cañón de los defensores, que le cortaron la cadena del ancla, logrando precipitarla río abajo con graves averías.
Los vapores intentaron entonces abrir el paso; fueron rechazados por el Republicano mientras tuvo balas, pero luego del mediodía se quedó sin municiones y  fue volado para que no cayera en poder del enemigo. Basados en su poder de fuego superior, las naves invasoras causaron muchas bajas entre los argentinos, sufriendo escasamente  porque apenas eran alcanzadas por las balas de los pequeños cañones de Obligado. Finalmente el segundo vapor logró cortar las cadenas.
Las baterías argentinas siguieron disparando mientras tuvieron pólvora y balas; alrededor de ellas quedaban los cuerpos de los artilleros que iban cayendo. Según los partes, a las cinco de la tarde se dispararon las últimas, y lo que siguió fue una carga desesperada de infantería con armas blancas contra los cohetes y cañones con metralla, que protegían el desembarco de los ingleses y franceses.  Estos últimos contaban con los modernos cañones-ubús Paixhans, que combinaban velocidad, precisión y carga explosiva, constituyendo un arma decisiva para la época, ya que tornaba estéril la carga de formaciones tradicionales de infantería, lo que originó a posteriori la era de la guerra de trincheras. También usaron cohetes a la Congreve, que habían descubierto y perfeccionado los ingleses, ya que en la guerra en India habían sido atacados con una especie de cañita voladora. En el caso de la Vuelta de Obligado, éstos tenían carga incendiaria o de metralla.
Estación del Metro de París, inaugurada bajo el nombre de Obligado
Contra este armamento, la carga a la bayoneta fue inútil, y terminó a las ocho de la noche, cuando los confederados argentinos tenían bajas que representaban casi un tercio de sus fuerzas, entre muertos y heridos. Los franceses se llevaron de recuerdo algún viejo cañoncito de bronce y unas banderolas que consideraron trofeo de guerra. Para satisfacer su orgullo, depositaron las banderolas junto a la tumba de Napoleón en Los Inválidos. Una estación del metro francés recibió luego el nombre de Obligado. Se cambió por la denominación actual de Argentina, durante  la visita de Eva Perón, cuando desde estas pampas se proveía a la alimentación de los franceses en las duras épocas posteriores a la segunda guerra mundial.

Después de la batalla

Las tropas invasoras no la pasaron bien. Se produjeron otros enfrentamientos en distintas posiciones fortificadas. En Tonelero, cerca de Ramallo, en San Lorenzo, y en Quebracho, más al norte. Este último fue el más adverso para la flota anglo-francesa: varios navíos de guerra fueron seriamente averiados, y algunos mercantes se hundieron o se prendieron fuego.
Muy poco pudieron vender –gran parte de la flota mercante abandonó ante los primeros disparos y no remontó el Paraná- y sólo habían comprado yerba y tabaco, que luego de la batalla de Quebracho, bajaban flotando por el río junto con los cuerpos, según  dejó redactado en su parte el general Mansilla.
Los comandantes de la invasión pidieron 10.000 ingleses y 10.000 franceses más para continuar la guerra, pero las distintas circunstancias políticas en Europa hicieron inviable la continuación de las hostilidades en el Plata y el Paraná.
Finalmente se llegaría a la paz. Fue un resonante triunfo del dictador de la Confederación,  Juan Manuel de Rosas, que se hizo famoso en el mundo y respetado como nunca en América por la defensa de la soberanía. Incluso muchos de sus opositores y enemigos reconocieron la importancia de la gesta. El unitario Martiniano Chilavert se puso a sus órdenes: “el estruendo del cañón de Obligado resonó en mi corazón; desde ese instante un solo deseo me anima; el de servir a mi Patria en esa lucha de justicia y de gloria”.  Seguiría hasta el final, y sería fusilado por Urquiza luego de la batalla de Caseros.
San Martín legó a Rosas el sable que lo había acompañado en la guerra de la independencia. Desde Francia, escribió cartas que fueron publicadas en periódicos franceses e ingleses –que financiaba Rosas- en las que explicaba que sería muy difícil a un gran ejército europeo mantenerse en Buenos Aires, aunque pudieran tomar la ciudad. Fue influyente porque su voz de estratega militar era respetada también en Europa. En una carta que enviara a Rosas cuando el bloqueo francés, excusaba a los europeos, “pero –decía- lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española, una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.


Fuentes

ROSA, José María. Historia Argentina. Tomo 5. Editorial Oriente. Buenos Aires. 1973

FONT EZCURRA, Ricardo. San Martín y Rosas. Plus Ultra. Buenos Aires. 1965





[i] Chauvin era un sargento de Napoleón, que profesaba un culto fanático del ejército imperial. Los burgueses que adoptaban posiciones bélicas en las que no iban a participar, motivadas por un falso patriotismo, eran llamados chauvinistes.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Boca de la Sierra, partido de Azul



Un malón de chatarra en el valle


En el bello paraje de Boca de la Sierra una notable obra del artista Carlos Regazzoni evoca los enfrentamientos entre cristianos y tribus de esa zona de frontera que fue el Azul desde su fundación hasta la culminación de la llamada conquista del desierto, en 1879.

Desde la fundación del Fuerte Federación en 1832, el país Azul fue lugar de contacto de la tribu del cacique Catriel con los cristianos que allí se establecieron. Durante varias décadas se produjo en la zona un intercambio cultural, económico y político entre ambos grupos.  La impactante obra “El Malón”, de Carlos Regazzoni, emplazada en el paraje Boca de la Sierra, hace referencia a un aspecto de esas relaciones: la guerra, que como se sabe no es más que la continuación de la política por otros medios.
Para ver esta obra, erigida a base de chatarra, hay que tomar desde Azul la Ruta Nacional 226 en dirección a Tandil y desviarse en la provincial 30, la misma que lleva al Monasterio de los Monjes Trapenses. Una vez que se llega al flamante parador Boca de la Sierra, en el lugar en que comienza el cordón del Azul, perteneciente al sistema de Tandilia, se distingue  este conjunto escultórico, que sorprende por su calidad y por su ubicación, tan apartada de los centros poblados.
Representa una batalla entre indios y cristianos.  A medida que uno se acerca al  pequeño valle entre las sierras, a lo lejos,  se vislumbra una pelea de soldados de línea con sus uniformes azules y sus fusiles, contra indios que arremeten con sus lanzas. Hay escenas de violencia, degüello, caballos de carga, otros animales que huyen espantados, un cañón. Pero visto de más cerca lo que llama la atención son los detalles. Sorprende sobre todo reconocer los materiales utilizados. Se distingue entonces que las crenchas al viento del indio amenazante que se alza sobre su caballo,  son en realidad  burletes de automóviles. Allí se descubren escapes de motos, cuadros de bicicletas, engranajes que son ojos, pernos que son los dedos de los pies que asoman de las botas de potro que utilizaban ambos bandos.

El Azul de Catriel y la Gran Invasión

Probablemente la obra de Regazzoni esté inspirada en la gran invasión de 1875, durante la cual la ciudad de Azul fue sitiada por los indios de Catriel y Namuncurá.

La dinastía de los Catriel era un grupo de los entonces llamados Pampas,  asimilados a la cultura araucana y también influenciados por los cristianos con los que compartían la frontera sur. Desde la Fundación del Fuerte Federación –antecedente de la ciudad de Azul- en los tiempos de Rosas, la tribu de Juan Manuel Catriel -cuyo nombre ya está influido por la cultura de los blancos, y coincide con el del Restaurador- tuvo estrechas relaciones con los gobiernos de Buenos Aires.  Asociados al cacique Calfulcurá, que dominaba desde las Salinas Grandes, fueron beneficiarios del reparto de víveres que el gobernador había acordado con aquél.
Luego de la caída de Rosas esta paz se desmoronó y se reiniciaron  los malones. En 1855, junto con Cachul y Calfulcurá, Catriel derrotó al ejército del entonces joven General Mitre en la batalla de Sierra Chica, y desde esta demostración de fuerza los gobiernos buscaron su amistad para enfrentar a otras tribus más belicosas.

Luego de la muerte del cacique, su hijo Cipriano Catriel asumió el mando de su grupo y se acercó a Mitre. En 1872 combatieron junto a las tropas cristianas, y derrotaron por primera vez al temido Calfulcurá, pero en 1874 el éxito no los acompañó: participaron en apoyo de Mitre en su intento de revolución contra la elección de Nicolás Avellaneda como presidente, pero lo que parecía una segura victoria se transformó en capitulación y la tribu fue abandonada a las tropas leales del presidente electo. Entonces, un parlamento condenó a muerte a Cipriano, su cacique, acusándolo de traición por conducirlos a este fracaso y por haber enfrentado a Calfucurá.  Quien encabezó el cumplimiento de la sentencia fue su hermano Juan José Catriel, que tomó desde entonces el mando de la tribu.
Durante su liderazgo fue que se llevó a cabo la gran invasión, lanzada a finales de 1875, que iba a ser la última imponente reacción de los guerreros pampeanos. En ella los catrieleros se unieron a Namuncurá -heredero de Calfulcurá-, Pincén, Reuquecurá, Purrán y Carupancurá, atacando Alvear, Tapalqué, Azul y Tandil.
Esta participación de Catriel en la invasión general fue sorpresiva para los militares, que lo contaban como aliado dado que, establecidos en las afueras de Azul, los catrieleros eran aparentemente amigos del gobierno. Durante la gestión de Adolfo Alsina como ministro de guerra del presidente Avellaneda,  les ofrecieron nuevas tierras unas leguas al oeste, hacia donde la frontera se estaba expandiendo. Las negociaciones marchaban bien hasta que los catrieleros divisaron a los agrimensores. Estos personajes, sus instrumentos de medición y sus operaciones diabólicas eran objeto del más profundo odio por parte de los indios. Su presencia siempre anunciaba desgracia, siempre antecedía a la pérdida de su territorio. Desde entonces, si bien siguieron en negociaciones con los blancos, secretamente se pusieron de acuerdo con Namuncurá. Iban a librar su última batalla.
Esta invasión general se produjo el 26 de diciembre de 1875. Su frente se extendió desde Tres Arroyos hasta Alvear. Alfredo Ebelot, ingeniero francés contratado por Alsina para trabajar en el diseño de su sistema de defensa, nos cuenta que “para dar ese gran golpe, el desierto había puesto en pie no menos de 5.000 lanzas”. En Tandil murieron 400 vecinos, se llevaron 500 cautivos y arriaron 300.000 animales. Azul fue sitiada, de allí se levaron 200.000 cabezas de ganado y 4.000 caballos. Los fortines fueron arrasados.


Pero la respuesta fue también tremenda. El 1º de enero, Catriel y Namuncurá fueron vencidos en el combate de Laguna de la Tigra, todas las naciones indias, hostigadas. Al mismo tiempo la frontera se trasladaba hacia el oeste y el ejército se integraba con profesionales en lugar de los gauchos que habían sido reclutados por la fuerza. Los indios, alejados hacia el desierto, ya no podían llevar a cabo sus invasiones ya que su objetivo les quedaba demasiado lejos. La zanja de Alsina impidió aún más el arreo de ganado hacia el oeste. El fusil Remington y el telégrafo hicieron el resto. Según Sarmiento, la expedición del General Roca, que salió desde Azul, adonde arribó en tren, no fue más que “un paseo en carruaje”.
Pese a que existen en  Azul descendientes de los catrieleros reivindicando parte del territorio, ya no tienen el mismo poder e importancia política que llegaron a detentar, ni son un grupo influyente en la actualidad. Pero en las palabras quedan indicios de este pasado. Por empezar, el nombre de la ciudad es el que los indios le habían dado a la región, traducido del araucano. El nombre del arroyo que lo atraviesa, es también la traducción del nombre original: calvú Leuvú (agua azul). Su costanera hoy se llama Cacique Catriel  (¿Cuál de ellos será: Juan Manuel, Cipriano, Juan José?). En la margen izquierda subsite el barrio Fidelidad, cuyo nombre recuerda la convivencia de los catrieleros y cristianos. En su Museo Etnográfico se exhibe una muy importante colección de platería mapuche.
En Boca de la Sierra, la obra El Malón también se suma a la evocación de la historia del país Azul.

Regazzoni en Azul

Carlos Regazzoni, artista nacido en Comodoro Rivadavia, consiguió fama y prestigio por sus instalaciones, que normalmente compone con materiales industriales en desuso. Trabajó mucho con elementos desechados por los ferrocarriles e instaló su estudio en un depósito de los mismos, cerca de la terminal de Retiro, en Buenos Aires. Su prestigio como artista creció en el país y en Europa, especialmente en Francia, en donde posee un castillo barroco. Sus esculturas fueron elogiadas por exigentes críticos de arte. Madonna le compró una obra.
Cuando en 2007 la ciudad de Azul fue declarada Ciudad Cervantina por la UNESCO, debido a la colección de Quijotes que atesora, su Municipalidad contrató a Regazzoni para que instalara en un paseo público una escultura de Don Quijote. El grupo escultórico está frente a la costanera Cacique Catriel, e incluye al hidalgo montado en Rocinante, junto con Sancho Panza, Dulcinea y hasta el perro.
Debido al éxito de este trabajo, las autoridades le encargaron una segunda obra. Esta fue El Malón, que está emplazada en Boca de la Sierra. De todas formas, la relación del artista con los políticos locales fue pésima. Se instaló en este paraje y fue acusado de tomar para sí propiedades privadas –lo que incluía un sector perteneciente a Fabricaciones Militares, empresa que donó el lugar para que se construyera el parador- y de maltratar a los vecinos que se quejaban de sus actividades en el lugar.
Seguramente cautivado por la paz y belleza del paisaje, el artista intentó establecerse, pero las constantes peleas con vecinos y políticos, lo disuadieron.
Por suerte quedó su obra.




Bibliografía




Archivo Mitre. Buenos Aires


Ebelot, Alfredo. Recuerdos y relatos de la guerra de fronteras. Plus Ultra. Buenos Aires. 1968.


Rosa, José María. Historia Argentina, tomo 2. Claridad. Buenos Aires. 1973.


Yunque, Alvaro. Calfulcurá. La conquista de las pampas. Ediciones Zamora. Buenos Aires. 1956.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

53 esquina 1. La Plata. Casa Curutchet-Le Corbusier, en La Plata


Los buscadores de prestigio


            La única casa diseñada por Le Corbusier en Iberoamérica, actualmente utilizada por el Colegio de Arquitectos de la Provincia, está en la calle 53, justo en la principal entrada al eje cívico de La Plata desde el bosque. Fue el fruto de los afanes de un médico que estudió y vivió en esta ciudad, y del arquitecto suizo-francés Le Corbusier, definido por algunos como el Picasso de la arquitectura moderna. Para el europeo, su construcción era una muestra con la intención de convencer al peronismo para que  implementara su plan integral para el diseño de Buenos Aires. Éste incluía, entre otras cosas, aspectos del actual Puerto Madero, la Ciudad Universitaria e incluso una “aeroisla” en remplazo del aeroparque metropolitano.

            Los avatares de la realización de esta casa, única en toda Iberoamérica y que visitan todos los días los aficionados y estudiantes de arquitectura, están determinados por las particulares biografías de dos hombres: el doctor Pedro Curutchet, quien encargó la obra, y Le Corbusier, quien envió los planos desde Francia. Como se verá, en estas historias de vida, y en la historia de esta casa, intervienen personajes e instituciones tan disímiles como Victoria Ocampo, Juan Domingo Perón, la facultad de Medicina de La Plata, el comunismo soviético, el modernismo arquitectónico, el gobierno de la India o Benito Mussolini.
Frente de la casa. La fachada oculta el ventanal del consultorio.

El médico

            Pedro Curutchet era un médico que, nacido en Las Flores, se había recibido en la Universidad Nacional de La Plata. Como facultativo no encontró mucho reconocimiento en la ciudad que lo había alojado desde niño, y debió instalarse en Lobería, donde durante veinte años ejerció la actividad. A fines de los cuarenta obtuvo algún prestigio al introducir modificaciones en las técnicas operatorias de cierto tipo de quiste pulmonar. En 1948, con la publicación de un libro sobre ese tema, comenzó a vislumbrar su retorno, más bien triunfal, a la ciudad de sus años de estudiante.
            Quiso hacerlo a lo grande: le escribió nada menos que a Le Corbusier, con la intención de interesarlo para que diseñara los planos de su casa-consultorio. Ya se había asegurado de que el terreno estuviera en la principal entrada de la ciudad viniendo desde el bosque, es decir, desde la Universidad. Su intención era que el edificio fuera un símbolo y una provocación; tanto para el establishment académico de La Plata, que no lo había reconocido al principio, cuanto para el gobierno peronista, al que aborrecía por causas ideológicas y económicas. Pero: ¿Accedería Le Corbusier a considerar el encargo?

El arquitecto

            El arquitecto francés Le Corbusier había nacido en Suiza y se llamaba Charles Jeanneret-Gris. Su padre, bastante poco original en ese ámbito, trabajaba en la industria de los relojes. Charles, por su parte, comenzó sus estudios en su ciudad natal, pero luego viajó por toda Europa. A los 29 años se estableció en París, se nacionalizo francés y adoptó su famoso seudónimo, por asociación con el apellido de su abuelo materno, aunque modificándolo levemente para que, en francés, aludiera a la palabra cuervo.
            Deslumbrado por los automóviles y los aviones, proclamó que las casas debían ser “máquinas de vivir”, y se dedicó a desarrollar los principios de su arquitectura como una apuesta al futuro. Sus postulados, en su ambicioso proyecto, debían servir para orientar y mejorar la experiencia de vida de las futuras generaciones.
            En 1926 presentó los llamados “cinco puntos de la nueva arquitectura”. Utilizando la novedosa tecnología del hormigón armado en la concreción de los proyectos, estos principios eran: la planta baja sobre pilotes y liberada para el uso y estacionamiento de vehículos; la planta libre de condicionantes estructurales, basada en losas sostenidas por pilotes para que el diseñador colocara en cada piso las divisiones con total libertad; la fachada independiente, con la estructura principal retirada del cuerpo de la misma; los ventanales alargados, ocupando todo el ancho del edificio y, finalmente, la terraza jardín, para devolver a la naturaleza parte del espacio ocupado por la construcción.
Rampa hacia el consultorio. En el centro el tronco del árbol


Política

            El doctor Curutchet se había vinculado en los años 30 a alianzas anti-fascistas, que terminaron enfrentando al peronismo en la década siguiente. Ya con ese partido en el poder la política oficial de congelar los arrendamientos rurales iba a perjudicar al médico -que se había comprado unas setecientas hectáreas de campo- y a acentuar su tendencia opositora.
            Pensó entonces que levantar una casa con diseño de vanguardia iba a ser una especie de manifiesto liberal contra el gobierno peronista, al que veía como aliado del fascismo y conservador al extremo en lo formal. De esta forma, su casa-consultorio sería no sólo una provocación a la comunidad universitaria platense -dado que pretendía erigirse en una especie de academia alternativa- sino también una afrenta hacia un gobierno al que percibía como una tiranía.
            Paradójicamente, si Le Corbusier aceptó el encargo, fue precisamente porque deseaba seducir al peronismo en el poder, con el que estaba en tratativas para implementar su diseño de desarrollo integral de Buenos Aires. Es así que, ante la carta de Curutchet solicitando sus servicios, el arquitecto le remite una contestación en la que se muestra mucho más sincero que humilde, y tal vez abusa de los gerundios. Le dice que “habiendo establecido el plan de Buenos Aires en 1938-39, que está actualmente siendo considerado por el gobierno, estoy interesado en la idea de realizar en su casa una pequeña obra maestra de simplicidad, de conveniencia y de armonía”.
            Los intentos de seducción a distintos gobiernos eran una actitud necesaria  para un teórico que, como Le Corbusier, postulaba desarrollos de ciudades enteras. Esto ocasionó frecuentes confusiones acerca de su pensamiento político. Es que en realidad sus proyectos arquitectónicos tenían mayores posibilidades con aquellos gobiernos que propusieran una importante planificación estatal de la arquitectura de las ciudades. De hecho, a la vez que trataba de venderle un proyecto a Mussolini, estaba construyendo la sede de la Administración de Agricultura en la Moscú soviética.
            A Argentina había llegado en 1929 para dictar una serie de conferencias. Obviamente que en el puerto lo esperaba Victoria Ocampo, a quien intentó venderle un par de proyectos (un pequeño rascacielos y un departamento con piscina incorporada) que no llegaron a concretarse. En Francia ya lo habían visitado algunos de los argentinos millonarios, entre ellos Ricardo Güiraldes, que asolaban París a principios de siglo, y se había tentado con el brillante porvenir que representaba el granero del mundo ante una Europa hundida en sus guerras.
            Para Le Corbusier, Buenos Aires tenía que verse desde el río como una hilera de torres vidriadas –“la ciudad de los negocios”- desplazadas hacia el sur del centro porteño. La idea era revitalizar la zona del Riachuelo y vincularla con Avellaneda. Otras propuestas eran: una autopista norte-sur, una de circunvalación –la actual General Paz-, la instalación de un aeropuerto sobre el río –que se intentó llevar a cabo en los noventa, bajo el nombre de “aeroisla”-, la Ciudad Universitaria y un puerto en Avellaneda, que hoy también existe con el nombre de Terminal Exolgan.
            Pero los avatares de la crisis económica internacional y de la política argentina impidieron que los planes se llevaran a cabo. Le Corbusier se dedicó a otros asuntos, delegando el proyecto argentino en sus discípulos. Los principales fueron el catalán Antonio Bonet y los argentinos Kurchan y Ferrari Hardoy, que en Buenos Aires conformaron el Grupo Austral como herramienta para difundir la arquitectura moderna. Juntos diseñaron la silla BKF, bautizada con las iniciales de los tres, que tuvo su prestigio en el ámbito del diseño internacional, especialmente en los Estados Unidos.
            Estos representantes de Le Corbusier en Buenos Aires estuvieron a punto, a fines de los cuarenta, de concretar el proyecto para la ciudad. Fue cuando un amigo de Ferrari Hardoy asumió como Secretario de Obras Públicas de la Municipalidad. Entonces las propuestas del francés volvieron a tenerse en cuenta. Y aunque resultó que al final de la evaluación el funcionario peronista no aceptó que Buenos Aires fuera planificada por un extranjero, esta expectativa sirvió para que Le Corbusier accediera a diseñar la casa de Curutchet, como una manera de mostrar una obra en Argentina y su disposición a trabajar en el país.
            Pero el proyecto no iba a realizarse, y la frustración de los planes porteños enojó al francés y lo distanció de los arquitectos del Grupo Austral, a los que llegó a tratar de “traidores” y “pobres diablos”. Sin embargo, una buena noticia le llegaba desde Asia: el nuevo gobierno de la India lo contrataba para diseñar integralmente la ciudad de Chandigarh, capital de dos estados en ese país. El proyecto indio ocupó todo su tiempo y empeño desde 1951 hasta su muerte en 1965.

La arquitectura de la casa Curutchet

            Mientras tanto, en La Plata, el médico se la pasó disputando con los arquitectos encargados de la realización de las obras según los planos de Le Corbusier, quien había sugerido a los del Grupo Austral o a Amancio Williams.
            Curutchet eligió a este último, hijo del músico Alberto Williams y bisnieto de Amancio Alcorta, pero al tiempo lo despidió. Lo mismo le ocurrió a su sucesor. La construcción se demoraba, la casa tenía goteras, los caños perdían agua.
            Sin embargo, en esa pequeña casa de La Plata, se lograron plasmar los cinco principios fundamentales del teórico francés.
            Como puede entreverse en la película argentina El hombre de al lado, filmada en la casa, la planta baja queda libre y se accede al primer piso por medio de una rampa. Este primer piso se divide en dos cuerpos: al frente el consultorio, al fondo un hall con las escaleras para subir a la vivienda, que se halla en los dos pisos superiores. En el segundo está la cocina, el comedor y el estar, mientras que en el tercero se encuentran los dormitorios y el escritorio. A su vez, la terraza del consultorio, en el primer cuerpo, se transforma en un jardín-terraza, al que se accede desde el segundo piso de la vivienda. De esta forma cumple con otro principio: devolver a la naturaleza un espacio verde, en compensación del utilizado para la construcción.
Además, todo el frente del consultorio está ocupado por enormes ventanales (otro de sus principios), pero esto no se ve desde el exterior ya que la fachada, compuesta por un brise-soleil que enmarca el paisaje y protege del sol, oculta además el ventanal de la vista de los observadores externos. Cumple de esta forma con otro postulado, que es el que sostiene que la fachada debe ser independiente de la estructura del edificio.
Plano del segundo piso
Además, la casa cuenta con un árbol que ocupa el centro de la misma, entre los dos cuerpos, y brinda sombra a la terraza-jardín.

            La residencia pudo ser habitada recién en 1954, pero las dificultades y refacciones siguieron aún por algunos años. Pese a todo, Curutchet quedó conforme. En 1957 le escribió al arquitecto francés:
            “El público general –le cuenta en su carta- va comprendiendo cada vez más esta obra que a muchos les pareció tan extraña al principio. Esta es ‘la casa de Le Corbusier’; me honra ser el propietario. Así lo digo y quiero que se repita. Ud. puede hacer cualquier indicación que será cumplida y agradecida. Es y seguirá siendo su casa”.


Bibliografía

Casa Curutchet.net. Sitio web

Colegio de arquitectos de la Provincia de Buenos Aires. Sitio web, disponible en http://www.capba.org.ar/curutchet/casa-curutchet-presentacion.htm

Hobsbawm, Eric. Historia del Siglo XX. Crítica. Buenos Aires. 1998

Liernur, Jorge (y otro). La red austral. Obras y proyectos de Le Corbusier y sus discípulos en Argentina (1929-1964). UNQUI. Buenos Aires. 2009

viernes, 14 de septiembre de 2012

Las manifestaciones espontáneas


Los eventos son, por definición, acontecimientos imprevistos. Existen empresas que dicen que los organizan, pero esto no parece posible, pues se cae en una paradoja. La misma dificultad se encuentra en la organización de manifestaciones espontáneas. Había un grafitti que decía que pelear por la paz es como coger por la virginidad.
Por otra parte, cabe sin embargo relativizar esta cualidad de la espontaneidad. Es muy difícil decidir qué es lo espontáneo, o si tiene mucho sentido proclamar tal cosa. 
Por ejemplo, una manifestación de una sola persona, puede no ser espontánea, sino planeada. Tal ocurre con los asesinatos, cuando son premeditados. Existe ahí una meditación previa. Lo espontáneo entonces, sería algo no meditado previamente. Y estamos hablando de una sola persona. Imaginemos cómo sería que miles de personas logren coincidir en una manifestación sin mediar una organización previa. Imposible.
Si no me cree, haga el siguiente experimento: primero, cite a una persona X en un lugar A a una hora Y. Segundo, concurra al lugar A a la hora Y. Tercero, al encontrarse con X dígale: qué sorpresa verte por acá. Cuarto, verifique la reacción de X.
Pero la espontaneidad se puede cuestionar aún más, dado que depende de la voluntad y la voluntad depende, como bien dijo Freud, de nuestro inconsciente. Por lo tanto, ni siquiera es pertinente cuestionar en fútbol si una mano fue intencional. ¿Cómo podemos saber si lo fue o no? Tal vez no lo fue concientemente, pero puede haber, detrás de cada pelota tocada con la mano, motivos subyacentes que ni el propio jugador conoce y mucho menos, digamos, Guillermo Nimo o Biscay o Lamolina.