domingo, 13 de mayo de 2012

Corrientes y Reconquista. Monumento a Liniers


Una de espionaje y sexo en las invasiones inglesas


La particularidad de este monumento a Santiago de Liniers es que lo ubicaron en la cuadra en que estaba la casa de quien fuera su amante; Ana María Perichon, esposa del agente inglés Thomas O'Gorman. ¡Al fin una de sexo y escándalo! 

Monumento a Liniers. Corrientes
 y Reconquista. CABA.
            En 1806 Buenos Aires estaba lleno de agentes de distinta procedencia. Convivían en la ciudad una serie de aventureros que actuaban como agentes ingleses, portugueses y franceses, a los que se sumarían los de las logias que iban a llevar adelante el proyecto revolucionario. Algunos de estos agentes obedecían alternativamente a más de un bando, y cambiaban su empleador de acuerdo a sus intereses personales. En este contexto se conocieron los protagonistas de esta historia de amor escandaloso: Santiago de Liniers y Ana Perichon.

Ana era francesa . Hija de un próspero comerciante y nacida en la isla Borbón, en el Océano Índico, se había casado con el agente secreto inglés Thomas O'Gorman, quien se dedicaba a los negocios más redituables a fines del siglo XVIII: el contrabando y el tráfico de esclavos. Como agente inglés en Europa, O'Gorman se había contactado con el embajador hispano en Londres y le había presentado un plan para, presuntamente, defender a Buenos Aires de los ataques ingleses. Claro que la trampa era que ese plan lo habían ideado los mismos ingleses y, por lo tanto, hubiera servido para facilitar la invasión. Finalmente el proyecto llegó a manos del ministro Godoy (que decidía los asuntos españoles en nombre del rey Carlos IV), quien lo desestimó.
            Pero O'Gorman -junto con otros agentes en Buenos Aires- seguía informando a los británicos sobre la situación del Plata. La casa del matrimonio de Ana y Thomas, en la actual calle Reconquista, cerca de Avenida Corrientes,  era frecuentada por aventureros extranjeros. Uno de ellos era el norteamericano William White, que pese a su apellido también se había enriquecido gracias a la venta de negros. Este White era amigo del almirante inglés Sir Home Popham, jefe de la armada británica. Como el marino le debía unas cuantas libras, White le envió correspondencia para convencerlo de que asaltara Buenos Aires y le devolviera el dinero, utilizando para ello parte de la comisión por el robo del tesoro de la ciudad.
            Los que eran más que amigos eran Ana y otro agente inglés allegado a la familia, James Burke. Este aventurero acompañaba a la francesa en los períodos en que su marido  salía en viaje de negocios. Al parecer, la relación con Burke fue anterior a que se conociera con Liniers.  Por entonces sus dos hijos, producto del matrimonio con O´Gorman, eran los otros afectos de Ana.

            Santiago también había nacido en Francia. Hijo de un oficial de la marina, desde muy joven se había enganchado en una expedición española contra Argelia; desde entonces toda su carrera la hizo peleando contra Inglaterra. Llegó a América con la fuerza de Ceballos que expulsó a los portugueses de Colonia y desempeñó en el Virreinato numerosos cargos militares y administrativos, pero en general estos empleos eran pagados mal  y con retraso por la corona española.
            A fines del siglo XVIII, su hermano, el conde Henry de Liniers, arribó a Buenos Aires con  un permiso real  para establecer en el Río de la Plata una fábrica de pastillas de caldo. Estos antecedentes de los caldos en cubitos, que aún utilizamos, se habían ideado para alimentar a las tripulaciones y pasajeros de los navíos, con el objeto de evitar tener que embarcar reses vivas. Con esta intención los Liniers alquilaron la chacra de Altolaguirre, en el barrio actual de La Recoleta, pero el cabildo de Buenos Aires no aprobó la ubicación, aduciendo el peligro de contaminación del río. Adquirieron entonces una chacra a Lorea, que se encontraba convenientemente ubicada sobre la actual calle Virrey Liniers en el barrio de Almagro, pero la oposición del Cabildo, que defendía intereses de ganaderos bonaerenses, desbarató el proyecto industrial. El conde Henry se volvió a Europa y el pobre Santiago se quedó con los problemas y las deudas. Su suerte pareció mejorar cuando obtuvo el cargo de gobernador militar de las misiones jesuíticas, pero luego de menos de dos años de gestión, debió dejarlo con el advenimiento del virrey Sobremonte,
            Entonces resolvió volverse a Europa, pero su destino estaba aquí: cuando bajaba a Buenos Aires, junto con su segunda esposa que estaba por dar a luz, una terrible epidemia asoló la nave en que viajaban. Su mujer tuvo una nena, pero ambas murieron a los pocos días. Cuando por fin Liniers arribó a Buenos Aires, Sobremonte debía encontrarle un puesto en otro destino, acorde con los servicios prestados a la corona. En eso estaban cuando, en 1806, llegaron los ingleses. Desde su puesto en la ensenada de Barragán, el primero en verlos fue Santiago.



El amor y la guerra


            La buena relación de Liniers con Ana Perichon y con el grupo de amigos de O'Gorman, fue fundamental en la organización de la reconquista de Buenos Aires en 1806.
            Como el puesto de Liniers estaba en Ensenada, no participó de las luchas cuando los ingleses desembarcaron en Quilmes y, como ellos pensaban que iban a ser bien recibidos, en general no sospechaban de los porteños mejor posicionados. Mucho menos de los que tenían relaciones sociales con un agente inglés, aunque tal vez debieron tener en cuenta que en este caso las relaciones más íntimas eran con la esposa.
            Pese a todo, Liniers se reunía con oficiales ingleses en casa de los O'Gorman. Thomas había sido nombrado "comisario de víveres" por los invasores y vislumbraba un futuro promisorio de continuar éstos gobernando Buenos Aires.

La captura de Buenos Aires. Grabado inglés de la época
        Pero Liniers hizo otros planes. ¿Qué lo decidió a encabezar la reconquista cuando en realidad no estaba mal posicionado con los nuevos dueños de la ciudad?
            Probablemente una combinación de razones: la lealtad a España y el hecho de ser enemigo histórico de Inglaterra, sin dudas. Pero también, acaso, la percepción de que la apuesta por los invasores de Buenos Aires no era segura debido a que la gran mayoría de la gente -entonces llamados "el populacho" o la "clase inferior"- estaba dispuesta a resistir la ocupación extranjera. Y ¿por qué no? el saber que, vencidos los ingleses, O'Gorman caería en desgracia; sería desterrado o encarcelado, y ya no representaría un obstáculo para sus encuentros con Ana.
            Así comenzó Liniers la conocida epopeya de la reconquista. Pasó a la banda oriental y desde allí inició la organización de las milicias. Mientras recruzaba el Río de la Plata junto con el oficial español Gutiérrez de la Concha, mientras desembarcaba en el actual Río Reconquista, entonces llamado Río de las Conchas, algo siempre le recordaba a su amada. Es que junto a él estaba Juan Bautista Perichon, hermano de Ana y fiel ayudante de campo durante toda la campaña.

¡Qué noche, Teté!

           
            Gracias al entusiasmo del "populacho" y las milicias, los últimos esfuerzos de Liniers durante la reconquista fueron para contener a la multitud y garantizar la vida de los invasores. Fue entonces que se produjeron hechos heroicos, como el de Manuela Pedraza, quien entró a la Plaza Mayor junto con su marido, mató a un soldado inglés, tomó su arma y participó del ataque final.
            Pero una vez reconquistada la ciudad, las relaciones entre los integrantes de la clase principal porteña, los oficiales ingleses y sus espías, siguieron siendo cordiales. Ya lo eran antes: Mariquita Sánchez de Thompson comentó en sus memorias la invasión cual si fuera un  desfile de modas. Para ella las tropas británicas eran "las más lindas que se podían ver, el uniforme más poético, botines de cintas punzó cruzadas, una parte de la pierna desnuda, una pollerita corta (...) Este lindo uniforme, sobre la más bella juventud, sobre caras de nieve. La limpieza de estas tropas admirables, qué contraste más grande". En cambio los nuestros daban lástima: "todos rotos, en caballos sucios, mal cuidados, todo lo más miserable y lo más feo, con unos sombreritos chiquititos encima de un pañuelo atado a la cabeza". Tal vez por eso su marido, Martín Thompson, había sido confirmado por el comandante inglés Beresford como Capitán del Puerto. La dama patriota también justificó al virrey Sobremonte, quien la había ayudado autorizando el casamiento con su primo Thompson, y a quien cuando le avisaron del desembarco prefirió quedarse a ver una obra de teatro para después huír: "¡Qué noche! -nos dice Mariquita- ¡Cómo pintar la situación de este virrey, a quien se acrimina toda esa confusión y demasiado se hizo en sacar y salvar los caudales!".
            Lo cierto es que una vez terminado el incidente bélico, Beresford fue recluído en Luján, pero poco después se facilitó su fuga; White fue encarcelado, pero Liniers pidió por su liberación y hasta le vendió su chacra; y muchos oficiales quedaron en libertad.
            En fin, que el único que se tuvo que ir fue el bueno de  Thomas O'Gorman. Y entonces sí, Santiago se mudó a la casa de la actual calle Reconquista, en donde hoy tiene su monumento, y allí compartió su vida con Ana por un breve tiempo.
            Pero si el poder ganado por Liniers tras la invasión los había unido, las dificultades de la gestión como Virrey iban a separarlos. Fueron blanco de continuas murmuraciones: se decía que Ana decidía por el virrey, la acusaban de  malversación de fondos, de favorecer a los ingleses, protestaban porque el hermano de Ana se había casado con una hija de Liniers sin el permiso real. Faltaba que la tildaran de "yegua", pero en cambio comenzaron a llamarla despectivamente "la perichona". Para colmo, el  espía  Burke, despechado y con absoluta ausencia de códigos de caballero inglés, hizo público que había sido amante de la francesa, acusándola a su vez de trabajar para Inglaterra.
            Por todo esto Liniers tuvo que desterrar a Ana Perichon a Río de Janeiro. Y nunca más se vieron. La historia del virrey no terminó bien y, como se sabe, fue fusilado en Córdoba después de la revolución de mayo de 1810.
            Ana, por su parte, siguió con su vida escandalosa y se anotó aún un resonante romance en Río: fue con el embajador inglés Lord Strangford. Se dice que  por esto  también la expulsaron de Brasil. Volvió a Buenos Aires, se recluyó en una estancia que tenía y desde allí se dedicó a casar a sus hijos.
            Murió en 1847, unos días antes de que su nieta, Camila O'Gorman, huyera con el cura Ladislao Gutiérrez. Pero, claro, esa ya es otra historia.

Bibliografía



Cañás, Jaime. Qué hicieron los agentes secretos en el Río de la Plata. Plus Ultra. Buenos Aires. 1970.

Ferla, Salvador. Historia argentina con drama y humor. Peña Lillo Editor. Buenos Aires. 1985.

Maronese, Leticia. La mujer y la vida cotidiana a comienzos del siglo XIX. En Invasión, reconquista y defensa de Buenos Aires (1806-1807). Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico y Cultural de la Ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires. 2007

Quesada, María Sáez. Mariquita Sánchez. Vida política y sentimental. Sudamericana. Buenos Aires. 1995.

Sosa de Newton, Lily. Diccionario biográfico de mujeres argentinas. Plus Ultra. Buenos Aires. 1980.

lunes, 2 de abril de 2012

San Martín 275. Ciudad de Buenos Aires

Banco Central: Arquitectura gemela y origen inglés


A la izquierda el edificio de la calle San Martín, de 1876.
Al lado la imitación, de 1940, sobre la paralela Reconquista
Ubicados en el barrio de San Nicolás, dentro de la llamada City Porteña, los edificios del Banco Central constituyen un curioso ejemplo de arquitectura gemela. Ahora que se discuten sus funciones y su carta orgánica, cabe recordar que su fundación, en 1935, fue fruto de cláusulas secretas de un pacto que dio a Inglaterra el manejo completo de la economía argentina durante la llamada década infame.

En estos días de debate parlamentario, en los que tanto se menta la independencia del Banco Central argentino con respecto al gobierno de turno, no está de más recordar que en sus orígenes, el BCRA no era independiente, ya que había sido ideado, proyectado y dirigido desde Inglaterra. ¿Será para tanto?, se preguntará el lector incrédulo.
Parece que sí: en 1929, debido a la tremenda crisis económica internacional, los países reaccionaron cerrando sus economías. Inglaterra, que para Argentina era por entonces el principal comprador de productos agropecuarios, decidió adquirirlos en sus dominios imperiales. Así quedó estipulado en los Acuerdos de Otawa, de 1932: Australia, Canadá y Sudáfrica abastecerían de productos primarios a Inglaterra.
El gobierno argentino del general Agustín P. Justo, heredero del golpe de estado de 1930 contra el presidente Hipólito Yrigoyen, con muy poco margen  para presionar, debió presentarse en Londres para negociar con Inglaterra la colocación de los productos primarios argentinos, principalmente la carne y el trigo, en ese mercado. Su enviado fue el vicepresidente, Julio Argentino Roca (hijo), secundado por varios funcionarios vinculados con importantes empresas inglesas con intereses en Argentina. El resultado de estas negociaciones de tres meses fue el polémico pacto Roca-Runciman.
En él se estipulaba que Inglaterra garantizaba la compra de  una cuota no menor que lo adquirido en años anteriores, pero todo ese comercio se haría por medio de frigoríficos ingleses, prohibiéndose la actuación de argentinos en esa actividad, a excepción de pequeñas cooperativas. Esto garantizaba de hecho el monopolio inglés en el comercio de carnes argentinas. De esta forma, Inglaterra manejaría el flete ( a través de los ferrocarriles), la faena, el enfriado, el comercio, los seguros y el transporte marítimo, es decir, casi todo el valor agregado de la cadena comercial y productiva.
Pero el Tratado tuvo otras cláusulas, algunas de ellas, secretas. Éstas tenían que ver con áreas clave de la economía, que aún hoy son temas no resueltos en nuestro país: energía, sistema de transporte, control del crédito y la emisión monetaria. En transportes, por ejemplo, los ingleses obtuvieron la ley de Coordinación, que favorecía a las empresas británicas de tranvías, subterráneos y trenes, ante la fuerte competencia de los colectivos, que habían nacido del ingenio de un taxista a raíz de la crisis, y que  por ser más baratos y más flexibles, le estaban sacando muchos pasajeros a los otros medios.

La creación del Banco Central

Fue otra de las consecuencias del pacto. El modelo de Banco Central que se implementó fue diseñado por Sir Otto Niemeyer, director del Banco de Inglaterra. Era un Banco mixto (parte estatal y parte privado) que le otorgaba a la banca privada de capital británico el control financiero del país. El creado BCRA "le impuso al estado obligaciones (debía poner la mitad de los capitales), pero no derechos: no tenía poder de decisión (sólo cinco directores entre doce) ni la capacidad de tomar préstamos para el gobierno nacional, provincial y municipal" .[1]
De esta forma, la institución que desde 1935 discernía el manejo de las divisas, orientaba el crédito y emitía moneda, no respondía al estado argentino, sino a los intereses del Imperio Británico a través de sus empresas. Si bien nominalmente el Estado Argentino estaba representado, "su directorio estaba compuesto por representantes de las actividades agropecuarias y de los bancos extranjeros y nacionales; pero analizando la composición real de esos bancos y de esas actividades, se caía en la cuenta de que la mayoría de los votos de su directorio estaba en poder de los intereses británicos a través del núcleo de invernadores esclavizados a los frigoríficos extranjeros, de la banca privada ligada al sistema financiero imperial; del gran comercio metropolitano, agente importador de Gran Bretaña y de su Presidente, designado por un Poder Ejecutivo sirviente de los intereses ingleses".[2]
Antes del tratamiento de la ley en el Congreso, el doctor Manuel Fresco, que era presidente de la Cámara de Diputados y a la vez empleado de los ferrocarriles ingleses (esta combinación de empleos no era extraordinaria), viajó a Londres premiado por la empresa en la que trabajaba. Allí un empresario le preguntó por el estado parlamentario de la ley de creación del BCRA y le requirió su opinión sobre Raúl Prebisch, quien sería el presidente de la entidad bancaria. Según reconoció el mismo diputado, más que Fresco se quedó frío, ya que ni conocía a Prebisch, ni tenía idea de la existencia del proyecto de creación del Banco, pese a que muy poco tiempo después sería aprobado por la cámara que él presidía.[3]
Otros historiadores presentan un punto de vista más moderado. Según Robert Potash, no todas las indicaciones inglesas fueron aprobadas en el Congreso. Incluso, muchas de ellas se incluyeron más que nada debido a que las propuestas  extranjeras tenían más prestigio que las originadas en el país. Así lo reconoció el propio ministro de Finanzas de la época, Federico Pinedo: "Sabíamos que por una curiosa modalidad del espíritu colectivo, en ese momento se facilitaba la adopción de las iniciativas del gobierno si podíamos presentarlas como coincidiendo en mucho con lo aconsejado por el perito extranjero".[4] Agrega el historiador norteamericano que "esta actitud hacia los modelos extranjeros aún no ha desaparecido totalmente de Argentina".[5]
El pacto Roca–Runciman tuvo en el Congreso, con el radicalismo ausente, una vehemente oposición del senador Lisandro de la Torre, que representaba a los productores agropecuarios del litoral y se oponía al monopolio inglés de los frigoríficos. El intento de asesinato de que fue objeto en el recinto mientras denunciaba estos negociados derivó, por mala puntería, en la muerte de su compañero de bancada Enzo Bordabehere. La historia de este episodio puede verse en la película Asesinato en el Senado de la Nación (1984), de Juan José Jusid, con Pepe Soriano como De la Torre y Miguel Angel Solá como el matón al servicio de los conservadores, comandados por los ministros Federico Pinedo (de finanzas) y Luis Duhau (de agricultura).
Tal vez, para algunos, estos apellidos aún suenen  familiares.

Los edificios del BCRA

La fachada sobre San Martín a fines
del siglo XIX. Es el edificio bancario
más antiguo de Buenos Aires.
Cuando fue creado, en 1935, el Banco Central ocupó una construcción que había sido levantada para ser sede del Banco Hipotecario de la Provincia de Buenos Aires. Este edificio, erigido en 1872, queda en la calle San Martín 275 y aún es utilizado. Constituye la edificación bancaria más antigua de la ciudad de Buenos Aires que aún está en pie. Las obras, que demandaron cuatro años, se completaron en 1876, y son un exponente de la corriente italianizante del segundo período. La fachada es monumental, con columnas y pilastras que abrazan los dos pisos. Desde el hall central, y a través de la balaustrada del primer piso, puede verse una galería con los retratos de quienes fueron presidentes de la entidad.
En 1937 se reformó una fracción del contrafrente y en el centro de la manzana se construyó el anexo, al que se denominó Central, que es una torre con características racionalistas. En 1940  se construyó el frente opuesto, en Reconquista 266, que imita la fachada del edificio más antiguo, el de San Martín.[6]
De esta forma se configura un eje que conecta ambas caras de la manzana, con dos fachadas muy similares, de lenguaje monumental, con largas columnas, pilastras y balaustradas; y una torre central en el centro de la manzana, de estilo racionalista, que une estos dos edificios.


Notas



[1]  Wischñewvsky, Sergio. Historia crítica del Banco Central.
[2]  Ramos, Jorge. Revolución y Contrarrevolución en la Argentina.
[3]  Torres, José Luis. La oligarquía maléfica.
[4]  Pinedo, Federico. En tiempos de la República.
[5] Potash, Robert. El ejército y la política en la Argentina. 1928-1945.
[6]  Banco Central de la República Argentina. Página web oficial.




Bibliografía


Banco Central de la República Argentina. Página web oficial. Disponible en http://www.bcra.gov.ar/

Pinedo, Federico. En tiempos de la República. Editorial Mundo Forense. Buenos Aires. 1946

Potash, Robert. El ejército y la política en la Argentina. 1928-1945. Sudamericana. Buenos Aires. 1984

Ramos, Jorge. Revolución y Contrarrevolución en la Argentina. Plus Ultra. Buenos Aires. 1972

Torres, José Luis. La oligarquía maléfica. Ediciones Centro Antiperduélico Argentino. 1953

Wischñewvsky, Sergio. Historia crítica del Banco Central, en  Diario Crítica. Buenos Aires. 2010, disponible en http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=38148

domingo, 11 de marzo de 2012

Posadas y Bioy Casares (ex Schiaffino)

La casa del héroe de las mujeres


En la residencia de seis pisos y  lenguaje academicista francés, con vista a La Biela y el cementerio, proyectada por Alejandro Bustillo, vivió el matrimonio literario más importante de la Argentina, que integraban Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Allí se conocieron y se enamoraron. También en este hogar escribieron y discutieron   sus obras, muchas veces en companía de Jorge Luis Borges.

Vista de la residencia desde la plaza San Martín de Tours
Al final, la casa debió parecerle enorme y vacía a Bioy. Primero había perdido a su hija Martha en un accidente y sufrido la enfermedad y la muerte de Silvina. Luego llegó el día en que Borges lo llamó para despedirse, antes de emprender el viaje a Europa del que sabía que no iba a regresar.
Así fue que, tras los ventanales del quinto piso de la mansión, que dan a la plaza San Martín de Tours, el escritor se fue quedando solo, con su biblioteca, con los proyectos de sus últimas obras y con su fiel criada Jovita (los Bioy la llamaban Jova) que al final fue la que contó en sus memorias la historia íntima del matrimonio literario.
Según Jova, con el paso de  los años,  la vida en la residencia no era lo feliz que el glamour de sus habitantes podía hacer suponer. Por ejemplo, las salidas del escritor con alguna de sus numerosas amigas no eran del agrado de Silvina. Si bien  aceptaba que Bioy tuviera amantes ocasionales, no quería que alguna de esas relaciones pasara a mayores, y odiaba que su esposo no respetara los horarios establecidos. Es decir que podía salir con sus amigas siempre que regresara para la hora de la cena.
Pero si no era el caso, Silvina se instalaba en un sillón que colocaba cerca de la puerta y allí esperaba, hasta oír que su esposo, cinco pisos más abajo, abría y cerraba las  del ascensor. Entonces se recluía en alguna de las numerosas habitaciones del piso, o se iba a su cuarto a pretender que estaba dormida.
Otro temor de Silvina era que su marido la dejara debido a que ella no podía darle hijos. Con el paso de los años, estos miedos llevaron a  que la pareja adoptara a una hija de Bioy con otra mujer. La relación de Silvina con Marta Bioy (la adoptada) no era mala, pero no podía evitar al verla, el recordar su imposibilidad de tener hijos y los tratos de Bioy con la madre biológica.
Cuando Silvina finalmente enfermó y comenzó a desvariar, Bioy la llenó de enfermeras que no debían nunca dejarla sola. A causa de esto ella se ofendió y nunca más le habló, pese a que Bioy se arrodillaba frente a ella todas las mañanas para suplicarle que no le hiciera eso.
El tema del rechazo a la  idea de la vejez y la muerte puede verse en varias de las obras de Bioy, y no sólo de las últimas, sino que ya en La invención de Morel y Diario de la guerra del cerdo estos temas están presentes. En el prólogo de El héroe de las mujeres el autor asumió que una de sus obsesiones literarias fue la búsqueda de un método para postergar la vejez: a lo mejor, decía, "busco métodos literarios en la esperanza de hallar uno verdadero". En  Guirnalda con amores incluyó sobre el tema algunas anotaciones y aforismos. Por ejemplo, en el  titulado Nuestro camino escribe que "En el camino de la muerte sólo hay héroes". En Una vida mejor, pone: "Qué agradable sería la vida si concluyera un poco antes de la muerte".
Sin embargo, al principio todo era distinto. Ambos provenían de familias bien, los dos eran ricos y ya tenían su prestigio entre los de su clase. Adolfo (llamado Adolfito entonces por sus amigos y familiares) ya era escritor, y Silvina era muy buena pintora: había estudiado en Europa con De Chirico y tenía su estudio en el sexto piso de la mansión. Pertenecían al grupo de la vanguardia artística y cultural del país, comandada por Victoria Ocampo, una hermana mayor de Silvina, que editaba la prestigiosa revista Sur y obligaba a todo el grupo a congregarse en torno de la personalidad europea de moda, en la mítica residencia que poseía en San Isidro.
Se conocieron por iniciativa de la madre de Bioy, que admiraba la inteligencia de las Ocampo y creía que Silvina era de ellas la más inteligente. Lo que no previó la señora Casares fue el enamoramiento súbito de Adolfito y Silvina: desde que se conocieron, ya no se separaron. Para la madre de Bioy fue un duro golpe, dado que su nuera era once años mayor que su hijo, situación que no era bien vista en la alta sociedad de la época. Pese a esto, la relación continuó, y Silvina fue para Bioy "una gran amiga y una gran compañera", a la que además le reconocía más que talento, genialidad.
Eran los tiempos felices. Compartian sus días; a veces escribían juntos en esta residencia o en  Villa Silvina, una de las casas de los Ocampo en Mar del Plata; soportaban mutuamente las imposiciones de Victoria, la hermana mandona de Silvina; recibían a Borges para cenar. A veces éste entraba a los gritos, afirmando que había hablado con una de las protagonistas del cuento que estaban escribiendo con Bioy, y que ésta le había dicho por qué tal personaje no podía nunca ser el asesino y cuál otro sí podía serlo.
Aquellos años dejaron la obra en colaboración entre Silvina y Adolfo, como "Los que aman, odian", los cuentos satírico-policiales que escribiera Borges con Bioy, y por supuesto, la obra del autor de La invención de Morel y Dormir al sol.
Ahora, gracias a su inmortal obra, y a la existencia de esta casa de los Ocampo-Casares, Schiaffino, una calle de sólo dos cuadras, ha debido resignar la mitad y sólo conserva la cuadra que lleva del Hotel Plaza Francia, casi en Libertador, al Palais de Glace. La otra, que bordea la plaza y que termina en Avenida Alvear, en frente de La Biela, ahora se llama Adolfo Bioy Casares (¿cómo no iba a ser escritor alguien con las iniciales ABC?).
Desde el noventa y nueve, Adolfo descansa ahí nomás, en el Cementerio de La Recoleta. Si su alma reposa feliz, como un perro durmiendo al sol, tal vez recuerde la primera vez que vió a su mujer. El propio Bioy lo relató en una entrevista: "Silvina tenía en el sexto piso, en el piso de arriba, su atelier donde pintaba. Entonces ella me recibió, subimos hasta su atelier y creo que ya en el ascensor nos besamos. A partir de ahí fuimos amantes durante casi diez años y después nos casamos".
"Creo –también dijo entonces- que Silvina fue la mujer menos convencional que he conocido. A veces tengo la impresión de que he vivido un poco distraído a su lado, que no la he cuidado bastante".



Bibliografía


Arias, Silvia. Los Bioy. Tusquets. Buenos Aires, 2002.
Bioy Casares, Adolfo. Guirnalda con amores, Emece, Buenos Aires, 1959.
Bioy Casares, Adolfo. El héroes de las mujeres, Emece, Buenos Aires, 2005.
López, Sergio. Palabra de Bioy, Emece, Buenos Aires, 2000.

martes, 28 de febrero de 2012

Sierra Chica. Provincia de Buenos Aires

La Gran victoria de los  Pampas


Sierra Chica, cerca de Olavarría, es conocida por su explotación de canteras de granito rojo y por el complejo penitenciario. Pero allí, en 1855, tuvo lugar el combate del mismo nombre, entre las  fuerzas militares de la Provincia, y las tribus de Catriel, Cachul y Calfulcurá. La catastrófica derrota del General Mitre en esa ocasión, pese a que se había hecho "responsable hasta de la cola de la última vaca", hizo retroceder la fronteras a límites anteriores al gobierno de Rosas. También determinó el retorno de la política de pactos con ciertas tribus, a las que se intentó utilizar políticamente como fuerza de choque.



Ansí en mi moro, escarciando,
Enderecé a la frontera.
Aparcero, si usté viera
Lo que se llama cantón...
Ni envidia tengo al ratón
En aquella ratonera.

José Hernández. El gaucho Martín Fierro



Antecedentes


            Todos tenían grandes esperanzas depositadas en Bartolomé Mitre. El entonces coronel y ministro de guerra iba a debutar en el campo de batalla y, como si fuese Cassius Clay o Ringo Bonavena, antes del combate se plantó en Azul con un látigo en la mano y en un discurso memorable proclamó que esa arma le bastaba para terminar con los indios y que se hacía responsable hasta de "la cola de la última vaca de la provincia"[1].
            Mitre había llegado al Azul con poderosas fuerzas (900 hombres de las tres armas) y se disponía a escarmentar a Calfulcurá (Piedra Azul), quien  había alentado los malones del último año contra las poblaciones y estancias de Tres Arroyos, Bahía Blanca, 25 de Mayo, Bragado y el mismo Azul, causando  terror entre los habitantes del oeste y el sur de la provincia de Buenos Aires. Estos ataques, como siempre ocurrió, estaban relacionados con la situación política del país: tras la caída de Rosas se desmoronó el sistema que éste había ideado para tratar con las distintas etnias, basado en un trato amistoso con Calfulcurá, quien recibía las prestaciones del estado bonaerense y las distribuía entre los otros grupos, y en la fortificación de los ríos Colorado y Negro para cortar el paso de ganado robado hacia Chile, donde podía ser vendido. Luego de la batalla de Caseros ambas políticas fueron  abandonadas y el jefe indio, al no recibir los víveres y ver el camino libre para comerciar el ganado, comenzó a alentar los malones[2].
            Por su parte Buenos Aires, que ya se había separado de la Confederación de Urquiza, culpaba a éste de ser socio de Calfulcurá para perjudicarla. Cuando en realidad, apenas uno intentaba comprender la actitud de los pueblos pampas notaba que no tenían otra opción que actuar de esa manera para alimentar a su población y de paso aprovechar las ventajas comerciales.

La batalla de Sierra Chica


            Y allí vá Mitre a buscar a los maloqueadores Catriel y Cachul. Según cuenta Alvaro Yunque, el plan ideado es que él sorprenda "las tolderías de Cachul y Catriel en el sur, ayer indios mansos, hoy componentes de la confederación de Calfulcurá. El coronel Laureano Díaz, con una división del ejército, flanqueará esas tolderías y se reunirá con Mitre para exterminarlos. Pero Mitre no sorprende a Cachul y Catriel. Por el contrario, éstos lo reciben dispuestos a la batalla. Se la dan, huyen, según su táctica de pelea, y cuando los soldados se entregan al saqueo de los toldos son sorprendidos por un nuevo ataque y derrotados"[3].         Entonces Mitre debe retroceder y sólo encuentra salvación ascendiendo con lo que queda de sus tropas a Sierra Chica, una colina de mediana elevación que se distingue a simple vista desde Azul. Allí queda absolutamente sitiado por los indios el 31 de mayo de 1855. Es entonces cuando desde esta elevación del terreno los vigías divisan una polvareda y festejan. Sin duda, piensan, se trata de las tropas de Díaz, que vienen en su ayuda.
            Pero las malas noticias no cesan. No es Díaz quien llega, sino el mismísimo Calfulcurá, que al frente de 500 guerreros se ha infiltrado entre Díaz y Mitre y marcha a aniquilar a este último. La huida se hace perentoria. El mismo Mitre admite que escaparon por la noche intentando  que el cacique no llegara a organizar el ataque. El entonces ministro de guerra cuenta que "antes de marchar, se ordenó dejar encendidos todos los fogones, dándoles pábilo con grasa de potro para que durasen más y dejando en pie dos tiendas de campaña, lo que unido a la mancha negra, producida por 1.200 caballos que encerraba el cuadro, formaba una ilusión completa"[4].
            Es decir, una huída poco decorosa, dejando en poder del enemigo la artillería y la caballada.
            Ya nadie se acordaba de las colas de las vacas.

Johnny, la gente está muy loca


            Las festividades que la victoria aplastante  desató  entre las huestes de Catriel y Calfulcurá fueron  de una magnitud tal que las fiestas de las publicidades de Gancia, en comparación, quedarían reducidas a ingenuos pijamas parties.
            La nación que comandaba este último e incluía a todos los grupos araucanizados de la pampa quedó, luego de Sierra Chica, virtualmente dueña del terreno. Podía seguir adelante con los malones o pactar con los cristianos desde una posición muy ventajosa. Incluso podía arreglar pactos entre los cristianos y Catriel, y al mismo tiempo continuar arreando ganado para comerciar en Chile, ya que no había impedimento militar para llevarlo por la llamada "rastrillada de los chilenos".
            Por otra parte, entre los cristianos el terror aumentó aún más. Según el ingeniero francés Alfredo Ebelot, que trabajó luego en la campaña de Adolfo Alsina y Julio Roca,  Mitre permaneció en Azul "absteniéndose de toda salida y permitiendo que los aborígenes se apoderaran de todas las vacas que pastoreaban en el sur y en el oeste de la provincia". Agrega que el militar vencido "se apresuró a regresar a Buenos Aires donde sonoros triunfos como tribuno resarcieron rápidamente al hombre político de los contratiempos del ministro de guerra"[5]. José María Rosa coincide: "el regreso de Mitre resultó triunfal. Se disculpó con una frase histórica: 'el desierto es inconquistable'; se le agasajó con un gran banquete ofrecido por Sarmiento y su prestigio como jefe de la juventud progresista llegó a la idolatría"[6].
            Sin embargo Mitre, que en la prensa disimuló el desastre, fue veraz en sus partes. En su informe al gobernador consignó que: "Para ocultar la  vergüenza de nuestras armas he debido decir que la fuerza de  Calfulcurá ascendía a 600, cuando ella no alcanzase a 500; así como he dicho que la división del centro no pasase de 600, aún cuando tuviese más de 900 hombres, dos piezas de artillería y 30 infantes" (...) "He dicho también que por falta de caballos, pero debo declarar a usted confidencialmente que ese día los tenía regulares" (...) Hasta ahora sabíamos que era un buen partido un cristiano contra dos indios, pero he aquí que ha habido quien ha encontrado desventajoso entre dos cristianos contra un indio"[7].



Consecuencias: la frontera de Martín Fierro


            Tal como afirma Alfredo Ebelot, "esta jornada de Sierra Chica no fue una derrota común", debido a que "los amigos del General Mitre no podían dejar de exagerarse a sí mismos la importancia militar de las tribus indígenas después de la ruda lección inflingida por ellas al hombre distinguido que reconocían como jefe. Como primera medida se trató con los caciques Catriel y Cachul, se les dio tierras, raciones, una paga militar, bajo condición de que prestarían su concurso contra invasiones de afuera. Comenzó a tomar forma la teoría de que sólo los indios podían tener éxito sobre los indios"[8].
            Esto se tradujo en un sistema totalmente ineficiente de control de la frontera, basado en fuertes de barro sobre una línea ideal, que eran habitados por gauchos a quienes se llevaba por la fuerza y en forma totalmente arbitraria, a quienes ni se les pagaba, ni se los alimentaba ni se los vestía correctamente. De esta forma, el poder político se reservaba el derecho de utilizar para sus propios intereses o los de sus figuras regionales, a los gauchos (debían allanarse  para no ser llevados por la fuerza a los fortines), y a ciertas tribus (a las que se hacía tomar parte en revueltas y revoluciones a cambio de entrega de paga y productos).
            Ebelot afirma en artículos escritos para la  Revue des Deux Mondes, que los indios pasaban esa línea: "dónde y cuando quieren. Su entrada sólo es notada –si lo es- cuando ya irremediablemente galopan hacia las estancias. Tentar alcanzarlos sería dejarse engañar por una esperanza quimérica: ellos están muy bien montados y los soldados bastante mal. Estamos reducidos a esperarlos a la salida, tratando de adivinar por cuál  punto saldrán. Es un calculo de probabilidades que dá noventa contra diez de no caer en el sitio justo".
            También nos cuenta el francés cómo la corrupción complicaba las cosas, dado que los víveres no llegaban a los indios, que entonces salían a robar para comer. La cosa era así: el estado designaba a un proveedor (siempre un favorito de la facción política de turno) de los víveres de la tribu. Este le daba al cacique sólo una parte de lo acordado, mientras que el cacique firmaba por el total, repartiéndose entre ambos la diferencia. De esta forma, el proveedor se enriquecía ilícitamente y el cacique podía mantener sus gastos elevados. El único problema era que los alimentos no llegaban a la tribu, pero lo solucionaban los indios saliendo a robar, ante la indiferencia del cacique. Según Ebelot,  "el jefe de frontera conocía perfectamente estos vergonzosos negocios y los toleraba a veces por connivencia y más a menudo por no disgustar al cacique a quien la contraseña ordenaba tratar con miramiento, y al proveedor, cuya cólera era temible. En efecto, bajo la administración del General Mitre los proveedores del ejército rápidamente enriquecidos –por otra parte, se adivina, mitristas fervientes- formaban una poderosa corporación que ocupaba todas las avenidas del poder y con la cual era imprudente no contar"[9].
            En cuanto a la batalla de Sierra Chica y sus consecuencias, algunos van más allá y se permiten dudar. Dicen que tal vez Mitre no quiso ganarla. Así, José María Rosa sostiene que "por baja que fuera la moral de los soldados porteños y discutibles las condiciones militares del jefe, sólo puede atribuirse la derrota a un propósito deliberado de Mitre. Las armas de los cristianos eran superiores, sus caballos equivalentes y el número doblaba al de los borogas". Para este historiador, su derrota inició la política de los cantones. En ellos, los gauchos "que no andaban políticamente con el juez de paz, y compadritos sin padrinos en el gobierno, eran arreados sin consideración a su conducta social ni a su estado civil. Con malas armas y pésimos caballos enfrentaban a los indios. Fue, lógicamente, un matadero de criollos, presumiblemente para preparar la Argentina civilizada sin gauchos ni orilleros que anhelaban los progresistas"[10].
            O, como escribiera Domingo F. Sarmiento al mismo Mitre: "no trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos"
            O, como concluye el mismo Rosa: "Martín Fierro no es un poema de imaginación".
           

Más de un siglo y medio pasó sobre el país y sobre la Sierra Chica de Olavarría. La pequeña elevación se pobló de inmigrantes que explotaron sus piedras, se enriqueció con la floreciente agricultura y también sirvió de escenario a terribles y sangrientos motines que tuvieron lugar en sus unidades carcelarias.
            En tanto, en el país fue creciendo en importancia un relato, que a todos nos enseñaron en las escuelas: intrépidos caballeros civilizadores habrían  lucharon heroicamente, año a año, contra un grupo desorganizado de bárbaros desalmados que sólo querían el atraso y el oscurantismo. Y sin embargo, al revisar los archivos nos encontramos con acontecimientos similares a éste.
            ¿Tocar a nuestro concepto de la historia argentina por una batallita contra unos indios?, interrogará el lector.






Notas




[1] Ebelot, Alfredo. Recuerdos y relatos de la guerra de fronteras, p.24.
[2] Rosa, José María. Historia Argentina. Tomo II. p. 150.
[3] Yunque, Alvaro. Calfulcurá. p. 241.
[4] Archivo del General Mitre.
[5] Ebelot. Op. Cit., p 25.
[6] Rosa, Op. Cit. p 151.
[7] Ibídem.
[8] Ebelot. Op. Cit. p25.
[9] Ebelot. Op. Cit. p28.
[10] Rosa. Op. Cit. p 151

 


Bibliografía



Archivo Mitre. Buenos Aires

Ebelot, Alfredo. Recuerdos y relatos de la guerra de fronteras. Plus Ultra. Buenos Aires. 1968.

Rosa, José María.  Historia Argentina, tomo 2. Claridad. Buenos Aires. 1973.

Yunque, Alvaro.  Calfulcurá. La conquista de las pampas. Ediciones Zamora. Buenos Aires. 1956.