martes, 28 de febrero de 2012

Sierra Chica. Provincia de Buenos Aires

La Gran victoria de los  Pampas


Sierra Chica, cerca de Olavarría, es conocida por su explotación de canteras de granito rojo y por el complejo penitenciario. Pero allí, en 1855, tuvo lugar el combate del mismo nombre, entre las  fuerzas militares de la Provincia, y las tribus de Catriel, Cachul y Calfulcurá. La catastrófica derrota del General Mitre en esa ocasión, pese a que se había hecho "responsable hasta de la cola de la última vaca", hizo retroceder la fronteras a límites anteriores al gobierno de Rosas. También determinó el retorno de la política de pactos con ciertas tribus, a las que se intentó utilizar políticamente como fuerza de choque.



Ansí en mi moro, escarciando,
Enderecé a la frontera.
Aparcero, si usté viera
Lo que se llama cantón...
Ni envidia tengo al ratón
En aquella ratonera.

José Hernández. El gaucho Martín Fierro



Antecedentes


            Todos tenían grandes esperanzas depositadas en Bartolomé Mitre. El entonces coronel y ministro de guerra iba a debutar en el campo de batalla y, como si fuese Cassius Clay o Ringo Bonavena, antes del combate se plantó en Azul con un látigo en la mano y en un discurso memorable proclamó que esa arma le bastaba para terminar con los indios y que se hacía responsable hasta de "la cola de la última vaca de la provincia"[1].
            Mitre había llegado al Azul con poderosas fuerzas (900 hombres de las tres armas) y se disponía a escarmentar a Calfulcurá (Piedra Azul), quien  había alentado los malones del último año contra las poblaciones y estancias de Tres Arroyos, Bahía Blanca, 25 de Mayo, Bragado y el mismo Azul, causando  terror entre los habitantes del oeste y el sur de la provincia de Buenos Aires. Estos ataques, como siempre ocurrió, estaban relacionados con la situación política del país: tras la caída de Rosas se desmoronó el sistema que éste había ideado para tratar con las distintas etnias, basado en un trato amistoso con Calfulcurá, quien recibía las prestaciones del estado bonaerense y las distribuía entre los otros grupos, y en la fortificación de los ríos Colorado y Negro para cortar el paso de ganado robado hacia Chile, donde podía ser vendido. Luego de la batalla de Caseros ambas políticas fueron  abandonadas y el jefe indio, al no recibir los víveres y ver el camino libre para comerciar el ganado, comenzó a alentar los malones[2].
            Por su parte Buenos Aires, que ya se había separado de la Confederación de Urquiza, culpaba a éste de ser socio de Calfulcurá para perjudicarla. Cuando en realidad, apenas uno intentaba comprender la actitud de los pueblos pampas notaba que no tenían otra opción que actuar de esa manera para alimentar a su población y de paso aprovechar las ventajas comerciales.

La batalla de Sierra Chica


            Y allí vá Mitre a buscar a los maloqueadores Catriel y Cachul. Según cuenta Alvaro Yunque, el plan ideado es que él sorprenda "las tolderías de Cachul y Catriel en el sur, ayer indios mansos, hoy componentes de la confederación de Calfulcurá. El coronel Laureano Díaz, con una división del ejército, flanqueará esas tolderías y se reunirá con Mitre para exterminarlos. Pero Mitre no sorprende a Cachul y Catriel. Por el contrario, éstos lo reciben dispuestos a la batalla. Se la dan, huyen, según su táctica de pelea, y cuando los soldados se entregan al saqueo de los toldos son sorprendidos por un nuevo ataque y derrotados"[3].         Entonces Mitre debe retroceder y sólo encuentra salvación ascendiendo con lo que queda de sus tropas a Sierra Chica, una colina de mediana elevación que se distingue a simple vista desde Azul. Allí queda absolutamente sitiado por los indios el 31 de mayo de 1855. Es entonces cuando desde esta elevación del terreno los vigías divisan una polvareda y festejan. Sin duda, piensan, se trata de las tropas de Díaz, que vienen en su ayuda.
            Pero las malas noticias no cesan. No es Díaz quien llega, sino el mismísimo Calfulcurá, que al frente de 500 guerreros se ha infiltrado entre Díaz y Mitre y marcha a aniquilar a este último. La huida se hace perentoria. El mismo Mitre admite que escaparon por la noche intentando  que el cacique no llegara a organizar el ataque. El entonces ministro de guerra cuenta que "antes de marchar, se ordenó dejar encendidos todos los fogones, dándoles pábilo con grasa de potro para que durasen más y dejando en pie dos tiendas de campaña, lo que unido a la mancha negra, producida por 1.200 caballos que encerraba el cuadro, formaba una ilusión completa"[4].
            Es decir, una huída poco decorosa, dejando en poder del enemigo la artillería y la caballada.
            Ya nadie se acordaba de las colas de las vacas.

Johnny, la gente está muy loca


            Las festividades que la victoria aplastante  desató  entre las huestes de Catriel y Calfulcurá fueron  de una magnitud tal que las fiestas de las publicidades de Gancia, en comparación, quedarían reducidas a ingenuos pijamas parties.
            La nación que comandaba este último e incluía a todos los grupos araucanizados de la pampa quedó, luego de Sierra Chica, virtualmente dueña del terreno. Podía seguir adelante con los malones o pactar con los cristianos desde una posición muy ventajosa. Incluso podía arreglar pactos entre los cristianos y Catriel, y al mismo tiempo continuar arreando ganado para comerciar en Chile, ya que no había impedimento militar para llevarlo por la llamada "rastrillada de los chilenos".
            Por otra parte, entre los cristianos el terror aumentó aún más. Según el ingeniero francés Alfredo Ebelot, que trabajó luego en la campaña de Adolfo Alsina y Julio Roca,  Mitre permaneció en Azul "absteniéndose de toda salida y permitiendo que los aborígenes se apoderaran de todas las vacas que pastoreaban en el sur y en el oeste de la provincia". Agrega que el militar vencido "se apresuró a regresar a Buenos Aires donde sonoros triunfos como tribuno resarcieron rápidamente al hombre político de los contratiempos del ministro de guerra"[5]. José María Rosa coincide: "el regreso de Mitre resultó triunfal. Se disculpó con una frase histórica: 'el desierto es inconquistable'; se le agasajó con un gran banquete ofrecido por Sarmiento y su prestigio como jefe de la juventud progresista llegó a la idolatría"[6].
            Sin embargo Mitre, que en la prensa disimuló el desastre, fue veraz en sus partes. En su informe al gobernador consignó que: "Para ocultar la  vergüenza de nuestras armas he debido decir que la fuerza de  Calfulcurá ascendía a 600, cuando ella no alcanzase a 500; así como he dicho que la división del centro no pasase de 600, aún cuando tuviese más de 900 hombres, dos piezas de artillería y 30 infantes" (...) "He dicho también que por falta de caballos, pero debo declarar a usted confidencialmente que ese día los tenía regulares" (...) Hasta ahora sabíamos que era un buen partido un cristiano contra dos indios, pero he aquí que ha habido quien ha encontrado desventajoso entre dos cristianos contra un indio"[7].



Consecuencias: la frontera de Martín Fierro


            Tal como afirma Alfredo Ebelot, "esta jornada de Sierra Chica no fue una derrota común", debido a que "los amigos del General Mitre no podían dejar de exagerarse a sí mismos la importancia militar de las tribus indígenas después de la ruda lección inflingida por ellas al hombre distinguido que reconocían como jefe. Como primera medida se trató con los caciques Catriel y Cachul, se les dio tierras, raciones, una paga militar, bajo condición de que prestarían su concurso contra invasiones de afuera. Comenzó a tomar forma la teoría de que sólo los indios podían tener éxito sobre los indios"[8].
            Esto se tradujo en un sistema totalmente ineficiente de control de la frontera, basado en fuertes de barro sobre una línea ideal, que eran habitados por gauchos a quienes se llevaba por la fuerza y en forma totalmente arbitraria, a quienes ni se les pagaba, ni se los alimentaba ni se los vestía correctamente. De esta forma, el poder político se reservaba el derecho de utilizar para sus propios intereses o los de sus figuras regionales, a los gauchos (debían allanarse  para no ser llevados por la fuerza a los fortines), y a ciertas tribus (a las que se hacía tomar parte en revueltas y revoluciones a cambio de entrega de paga y productos).
            Ebelot afirma en artículos escritos para la  Revue des Deux Mondes, que los indios pasaban esa línea: "dónde y cuando quieren. Su entrada sólo es notada –si lo es- cuando ya irremediablemente galopan hacia las estancias. Tentar alcanzarlos sería dejarse engañar por una esperanza quimérica: ellos están muy bien montados y los soldados bastante mal. Estamos reducidos a esperarlos a la salida, tratando de adivinar por cuál  punto saldrán. Es un calculo de probabilidades que dá noventa contra diez de no caer en el sitio justo".
            También nos cuenta el francés cómo la corrupción complicaba las cosas, dado que los víveres no llegaban a los indios, que entonces salían a robar para comer. La cosa era así: el estado designaba a un proveedor (siempre un favorito de la facción política de turno) de los víveres de la tribu. Este le daba al cacique sólo una parte de lo acordado, mientras que el cacique firmaba por el total, repartiéndose entre ambos la diferencia. De esta forma, el proveedor se enriquecía ilícitamente y el cacique podía mantener sus gastos elevados. El único problema era que los alimentos no llegaban a la tribu, pero lo solucionaban los indios saliendo a robar, ante la indiferencia del cacique. Según Ebelot,  "el jefe de frontera conocía perfectamente estos vergonzosos negocios y los toleraba a veces por connivencia y más a menudo por no disgustar al cacique a quien la contraseña ordenaba tratar con miramiento, y al proveedor, cuya cólera era temible. En efecto, bajo la administración del General Mitre los proveedores del ejército rápidamente enriquecidos –por otra parte, se adivina, mitristas fervientes- formaban una poderosa corporación que ocupaba todas las avenidas del poder y con la cual era imprudente no contar"[9].
            En cuanto a la batalla de Sierra Chica y sus consecuencias, algunos van más allá y se permiten dudar. Dicen que tal vez Mitre no quiso ganarla. Así, José María Rosa sostiene que "por baja que fuera la moral de los soldados porteños y discutibles las condiciones militares del jefe, sólo puede atribuirse la derrota a un propósito deliberado de Mitre. Las armas de los cristianos eran superiores, sus caballos equivalentes y el número doblaba al de los borogas". Para este historiador, su derrota inició la política de los cantones. En ellos, los gauchos "que no andaban políticamente con el juez de paz, y compadritos sin padrinos en el gobierno, eran arreados sin consideración a su conducta social ni a su estado civil. Con malas armas y pésimos caballos enfrentaban a los indios. Fue, lógicamente, un matadero de criollos, presumiblemente para preparar la Argentina civilizada sin gauchos ni orilleros que anhelaban los progresistas"[10].
            O, como escribiera Domingo F. Sarmiento al mismo Mitre: "no trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos"
            O, como concluye el mismo Rosa: "Martín Fierro no es un poema de imaginación".
           

Más de un siglo y medio pasó sobre el país y sobre la Sierra Chica de Olavarría. La pequeña elevación se pobló de inmigrantes que explotaron sus piedras, se enriqueció con la floreciente agricultura y también sirvió de escenario a terribles y sangrientos motines que tuvieron lugar en sus unidades carcelarias.
            En tanto, en el país fue creciendo en importancia un relato, que a todos nos enseñaron en las escuelas: intrépidos caballeros civilizadores habrían  lucharon heroicamente, año a año, contra un grupo desorganizado de bárbaros desalmados que sólo querían el atraso y el oscurantismo. Y sin embargo, al revisar los archivos nos encontramos con acontecimientos similares a éste.
            ¿Tocar a nuestro concepto de la historia argentina por una batallita contra unos indios?, interrogará el lector.






Notas




[1] Ebelot, Alfredo. Recuerdos y relatos de la guerra de fronteras, p.24.
[2] Rosa, José María. Historia Argentina. Tomo II. p. 150.
[3] Yunque, Alvaro. Calfulcurá. p. 241.
[4] Archivo del General Mitre.
[5] Ebelot. Op. Cit., p 25.
[6] Rosa, Op. Cit. p 151.
[7] Ibídem.
[8] Ebelot. Op. Cit. p25.
[9] Ebelot. Op. Cit. p28.
[10] Rosa. Op. Cit. p 151

 


Bibliografía



Archivo Mitre. Buenos Aires

Ebelot, Alfredo. Recuerdos y relatos de la guerra de fronteras. Plus Ultra. Buenos Aires. 1968.

Rosa, José María.  Historia Argentina, tomo 2. Claridad. Buenos Aires. 1973.

Yunque, Alvaro.  Calfulcurá. La conquista de las pampas. Ediciones Zamora. Buenos Aires. 1956.

1 comentario:

  1. Una belleza de historia, gracias por compartir, es placentero conocer la historia de la región.

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